lunes, 11 de agosto de 2008

El anuncio

Corrían los últimos años de la década del ochenta cuando volvimos a Lima, Perú, después de haber vivido en Estados Unidos, México y Rusia por alrededor de 6 años. Bueno, unos cuatro años y medio en mi caso, dado que yo había nacido un tiempo después de que mi familia, que en ese momento consistía de mis papás y hermano mayor, Jorge, llegara a Nueva York.


El Perú en 1988 era para mí un mundo nuevo. El por qué sería tema de un blog aparte (que probablemente llegará algún día). Basta decir que volvía yo de haber pasado un año y medio - semejante cantidad de tiempo cuando uno no ha cumplido aún los cinco años de existencia!- prácticamente metida en el pequeño departamento en el que nos tocó vivir mientras estuvimos en Moscú. Es que de esa época tengo recuerdos de un solo invierno... interminable. Claro, algunos dirán que en verdad no recuerdo mucho, pero eso no es cierto. Muchos no me creerán, pero tengo recuerdos de cuando me cambiaban los pañales (y no porque haya sido una pañalera tardía!).


El tema es que había pasado mucho tiempo desde que había visto el verde y fuera capaz de ir a un parque a jugar o a la playa a descubrir lo que era aquello de construir castillos de arena. Esto último fue particularmente decepcionador, puesto que descubrí que hacer un castillo que verdaderamente tuviera dicha forma (tal como aparecía en los libros que había visto) era algo increíblemente complejo para una niña de mi edad... con un papá poco dotado para las artes manuales.


Poco a poco me fui adaptando a la vida en Lima, la vida con la familia extendida. Mi familia extendida es realmente muy extendida, gracias a las proezas de mi difunto abuelo, quien hizo méritos para cumplir con la tradición de aquellas épocas de repartir la semilla familiar. Como resultado tuvo algo de trece hijos, entre los reconocidos, y probablemente muchos más que no corrieron la misma suerte. En consecuencia, los primos eran varios, y los buenos momentos, también.


En el colegio hice muchos amigos. Mis dos mejores amigas eran Ximena y Vanessa, una alta y una chata. Hasta el día de hoy se mantiene esa relación. Y yo al medio, obvio. Ximena era algo más tímida que Vanessa y yo, y creo que eso también se mantiene hasta ahora.


No hay mucho más que se pueda decir sobre la personalidad de unas niñas de esa edad. Nos gustaba patinar, jugar liga (yo era una estrella, debo admitirlo), jugar jacks (o jazz) y en general reírnos mucho. Yo era una disforzada de la patada... creo que aún lo soy, a veces. Ximena era muy buena alumna, aunque sospecho que yo le ganaba en inglés. Vanessa era una niña muy carismática, y siempre andaba feliz. Es prácticamente lo único que recuerdo de ellas en aquella época. Pero ambas eran muy lindas, y lo más importante era que nos queríamos con locura e íbamos a ser amigas por siempre.


Y fue en ese contexto que llegó la inflación. Luego se convirtió en hiperinflación. Algo recuerdo de la bendita leche ENCI, de la que aún rajan mis amigos ligeramente mayores. Las colas me hacían recordar a cuando en Rusia teníamos que hacer cola para comprar azúcar cuando esta llegaba a las tiendas. O cuando mi mamá se iba corriendo, con el chisme de que habían traído plátanos (eterna fruta favorita de mis hermanos y yo) y regresaba triste porque solo eran platanitos secos, azucarados, embolsados. Si bien no eran de mi mayor gusto, los comía feliz porque eso ponía aliviaba a mi mamá. Tanto así, que les llegué a tomar cariño, y hasta el día de hoy, cuando huelo el plátano en conserva no puedo evitar esbozar una sonrisa... ni mucho menos puedo evitar buscar el bendito plátano y comérmelo.


Qué era la inflación? Era que un día un chupete costara 5000 intis, y dos semanas después recordaras ese precio con añoranza. Mi hermano mayor, un sabiondo para los cortos 2 años y medio que me lleva de vida, me explicaba lo que estaba sucediendo. Recuerdo que jugabamos a hacer reportajes de noticia, y que él hablaba del paquetazo de Fujimori (ya al comienzo de los noventa, cuando yo tenía alrededor de 8 años) y sobre sus efectos en el precio de los borradores y lápices.


Poco a poco, nuestra situación fue empeorando. Ya mis papás dejaron de darnos propina para comprar dulces. Yo veía con envidia como algunos compañeros podían comprarse los famosos "Chupp" (Nunca entendí por qué llevaban ese nombre, cuando la bolsa claramente decía "Junior") y, Dios no quiera, una butifarra!! Para mí, eso ya representaba la riqueza más grande del mundo.


Vi con intranquilidad que la situación de mi familia decaía más rápido que la de otros amigos del ligeramente pituco colegio de Monterrico en el que estudiábamos. Hoy entiendo que mi papá era funcionario público, y que su sueldo no se podía ajustar al de los empresarios y personal de empresas privadas que enviaban a sus hijos a nuestro colegio. Yo nunca pude tener un par de zapatos "Hush Puppies" como los tenían los demás... recuerdo que mi mamá compraba mis zapatos en el mercado, y me decía que sería tonto gastar tanto en zapatos de marca, cuando mis pies crecían aún tan rápido. Ahora que vivimos más cómodamente, creo que mi mamá diría exactamente lo mismo en cualquier ocasión, puesto que es una mujer sumamente racional. Pero en esa época, para mí eso era sencillamente culpa de que fueramos tan "pobres"... y de la bendita inflación. Y con eso en la cabeza me iba al colegio, siempre con mis zapatos negros de mercado, que ni siquiera eran mocasines como los de las demás chicas! Sino que eran unos chancabuques que, valgan verdades, hoy en día serían considerados medio fashion, por parecerse a unos Hi-Tech que he visto por ahí en el Jockey Plaza. Ah! Y además andaba con medias gigantes, cuyo talón se veía entre mi verdadero talón y mi pantorrilla. Es que aún estaba creciendo. El tema de los Hush Puppies se me quedó grabado en la mente. Ya de grande pensé en ir a comprarme un par de zapatos de aquella tienda, solo para sacarme el clavo. Pero me he dado cuenta de que es mejor guardar un trauma de la infancia que justifique mi comportamiento... ustedes saben, por si algún día me vuelvo una asesina en serie.


Adicionalmente a la inflación, monstruo que carcomía tan solo nuestra economía (porque hay que decir que en mi casa nunca faltó cariño ni felicidad), también vivía la sombra del terrorismo. Ni muy sombra que digamos. Mi mamá dice que en aquella época, uno no sabía si al salir de la casa volvería con vida.


Bueno, los demás recuerdos los vivimos todos los peruanos de aquellas épocas. Claro que para los niños, eso se prestaba a juegos y formas divertidas de ver la vida. El toque de queda se convertía en una oportunidad para ver a mi papá manejar rápido porque nos habíamos quedado más tiempo de lo debido en la casa de un tío. Era como tratar de fugarse de la ley. El despertar en medio de la noche por una bomba cercana era emocionante, porque al día siguiente te daba algo que contarle a tus amigos en el colegio. El hacer la tarea en la oscuridad, con vela, te daba toda la justificación necesaria para sacar mala nota en Historia y otros cursos aburridos. Y a eso aún atribuyo mi ignorancia total de ciertos conceptos y conocimientos básicos. A eso y a algunos otros factores, como les contaré más adelante.


Aún así, no todo se podía convertir en juego. En mi casa estábamos muy concientes de estar con la soga al cuello financieramente. Y fue en medio de eso que un día llegó a mi casa sumamente feliz mi papá, habló emocionado con mi mamá un rato, y luego ambos salieron al jardín en donde estábamos Jorge y yo (y quizás también mi hermano menor, Alvaro, cuatro años menor que yo) para anunciar que nos íbamos a mudar a Malasia.


Jorge sabía todo sobre Malasia. Sabía que era un país ubicado en el sudeste asiático, tropical, y cuya capital era Kuala Lumpur. Yo, en cambio, no tenía idea de lo que era ese... ¿país? Y, obviamente, no me quería ir. Tenía 9 años, y alejarme de mis amigos era el fin del mundo. Así que hice lo más lógico posible, y me eché a llorar. Tempranamente me di cuenta de que una pataleta, por muy de grado 9 en la escala de Richter que sea, no iba a hacer nada por cambiar la decisión de mi papá.


Como es de comprender, tenía la cabeza llena de interrogantes. No cabía en mi mente vivir en la selva. ¿Viviría en una choza? ¿Los malasios me entenderían si les hablaba en inglés? ¿Me acordaría yo del inglés? ¿Y si nunca más tuviera amigos?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jajaja ,una muy buena manera de describir las cosas vividas ,gracias por los chocolates.Un saludo.